viernes, 5 de octubre de 2012

De mudanza!!!

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Allí encontraran el material publicando (mejorado y aumentado) espero les sea útil. 

Mi bendición Pbro. Mariano Pablo Vaccaro

jueves, 7 de junio de 2012

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Domingo después de la Santísima Trinidad
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad


Oración colecta
Señor Jesucristo,
que en este admirable sacramento
nos dejaste el memorial de tu Pasión,
concédenos venerar de tal manera
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que podamos experimentar siempre en nosotros
los frutos de tu redención.
Que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo,
y eres Dios, por los siglos de los siglos.

viernes, 1 de junio de 2012

SANTÍSIMA TRINIDAD


Domingo después de Pentecostés
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Solemnidad


Bendita sea la Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
porque ha tenido misericordia con nosotros.



La Santísima Trinidad (extracto del Catecismo Romano)

El conocimiento que la fe nos da sobre Dios difiere mucho del que nos da la razón: ésta nos dá sólo un conocimiento que tiene por única guía a la luz natural de la inteligencia, y que sólo conoce a Dios por sus efectos, pero no como Él es en Sí mismo. En cambio por la fe conocemos estas mismas verdades, y penetramos incluso en los secretos de la vida íntima de Dios, conociéndolo tal como es en Sí mismo, gracias a su Revelación en Jesucristo.      

Es preciso confesar, ante todo, que Dios es uno solo (I Jn. 5 7.), y que tres son las personas en la divinidad (Mt. 28 19.):
·      en la esencia, la unidad: una misma es la esencia y sustancia de las tres divinas personas, puesto que Dios es uno solo;
·      en las personas, la propiedad: Dios Padre, primera persona de la Trinidad, principio sin principio, contemplándose a Sí mismo engendra al Hijo, segunda persona de la Trinidad, e igual a El; y del mutuo amor de caridad de los dos procede el Espíritu Santo, tercera persona de la Trinidad, que es el vínculo eterno e indisoluble que une al Padre con el Hijo;
·      en la Trinidad, la igualdad: pues la religión católica predica la misma eternidad, la misma majestad de gloria y las mismas perfecciones infinitas en las tres personas, de modo que ninguna de ellas es anterior o posterior a las otras, ni mayor o menor.

Considerando que toda obra de Dios es obra de cada una de las Personas divinas, atribuímos al Padre la obra de la Creación, al Hijo la obra de la Redención y el Juicio, y al Espíritu Santo la obra de la Encarnación y la justificación y santificación mediante la Gracia.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en un principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 23 de mayo de 2012

LA MÚSICA MISMA ES LITURGIA




La música misma es liturgia.
Consideraciones acerca de la música litúrgica a partir de los textos de Benedicto XVI - Joseph Ratzinger
Ramón Saiz-Pardo Hurtado



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Ramón Saiz-Pardo Hurtado, sacerdote, es profesor de Musicología en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma. Este año inaugura los cursos de música en la li- cenciatura de Teología litúrgica, con la asignatura La música litúrgica: estudio teológico. Ha realizado su tesis doctoral en el Instituto Pontificio de música sacra sobre el jesuita p. Angelo De Santi, personaje clave de la reforma de la música sacra en Italia entre los ss. XIX y XX. E-mail: saizpardo@pusc.it
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Artículo publicado en la revista Palabra, XI-2011. 1


En cierta ocasión alguien me preguntó si en el cielo habría música. No era momento de grandes discursos. Lo pensé un poco y respondí: – Sin duda: no podría imaginar los fastos de la llegada de la Virgen al cielo sin músicas espléndidas.
No es aventurado. Ejércitos de ángeles esperan a su Reina que llega en cuerpo y alma. La música es solemne; rebosa afecto, belleza, alegría. Todo es sublime. Por fin llega. Y el Hijo, que inauguró el ser hombre en el seno de la Trinidad, recibe a su Madre.
Esta situación debe tener puntos de contacto con lo que ocurre durante la celebración de una Misa. Benedicto XVI explica que la liturgia terrena es liturgia sólo porque se une a la liturgia celeste. Así, por ejemplo, los prefacios de la Misa terminan siempre invitando a todos a cantar el Sanctus junto a los ángeles. El Papa explica que, de algún modo, los hombres pedimos licencia para ser admitidos en el coro celeste. Y añade con una pizca de humor, que nuestro canto debe ser tal que los ángeles lo puedan escuchar. Una vez dentro del contexto es fácil darse cuenta de que uno canta para un «Tú», para adorar a Dios.

La música litúrgica

En la Audiencia general del pasado 31 de agosto, Benedicto XVI volvió a referirse a la belleza. Subrayaba la capacidad que tiene el arte para hablar: es una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano.
Después señalaba algunas expresiones artísticas como auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema. Más aún – decía –, son una ayuda para crecer en la relación con él, en la oración.
«Se trata de las obras que nacen de la fe y que expresan la fe. Podemos encontrar un ejemplo cuando visitamos una catedral gótica: quedamos arre- batados por las líneas verticales que se recortan hacia el cielo y atraen hacia lo alto nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras al mismo tiempo nos senti- mos pequeños, pero con deseos de plenitud... O también, cuando escuchamos un fragmento de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro espíritu se ve como dilatado y ayudado para dirigirse a Dios».
En varias ocasiones – dando un paso más –, el Papa ha explicado las palabras del Concilio que se refieren a la música como parte integrante y necesaria de la liturgia solemne (cf. Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, 112); es más, ha afirmado que la música misma es liturgia. ¿Por qué digo que las consideraciones en el plano litúrgico significan un paso más? ¿No es verdad que se puede rezar en cualquier situación? Indudablemente. Pero en la liturgia, la Eucaristía significa que Dios ha respondido. La Eucaristía – explica el Papa – es Dios como respuesta, como presencia que responde. En la liturgia, la iniciativa en la relación del hombre con Dios no es del hombre, sino del mismo Dios. Y además, el hombre no está solo, sino con toda la Iglesia, cuerpo de Cristo. La oración litúrgica se realiza en el contexto de la muerte y de la Resurrección de Cristo, del amor que ha vencido a la muerte. La fuerza de estos términos hace presagiar que la misma música litúrgica tiene una especificidad propia.
En la actualidad, la música litúrgica se propone en términos problemáticos. El Papa explica que la solución no se va a encontrar acudiendo directamente a los aspectos prácticos. Por ejemplo, es patente que muchas veces los encargados de pastoral no se entienden con los músicos, y que los músicos no se entienden con los encargados de pastoral. Este es un problema que siempre ha existido y que siempre va a existir. Pero no es el flanco fundamental. Para encontrar las soluciones es necesario conocer y comprender la esencia de la liturgia. Vamos a acercarnos en dos pasos.

a) En diálogo con Dios
En la liturgia se actualiza la Redención del hombre. El hombre, después del pecado, se da cuenta de que no es capaz de volver a Dios con sus propias fuerzas. Dios mismo le promete un Redentor.
Cristo, el Buen Pastor, viene para cargarnos sobre sus hombros y llevarnos de vuelta a casa. Se encarna y se deja llevar a la Cruz para después resucitar y subir al cielo. En la Misa, actualización del sacrificio del Calvario, Cristo nos da a pregustar su venida gloriosa y nos asimila a Él. Cristo nos atrae a sí desde la Cruz, con sus brazos abiertos. Allí se tocan la misericordia divina y la miseria humana. Con ese amor radical, la muerte misma es transformada en resurrección por el amor y el hombre es transformado y salvado, injertado en Cristo.
Desde esta premisa fuerte, ¿cuál es el lugar y la función de la música litúrgica? La liturgia habla de todo este amor de Dios por el hombre. Es más, actúa todo este amor, porque Dios es su agente principal. La belleza de la liturgia es el esplendor de las maravillas que se están operando. Pero es Cristo mismo, resucitado, el sujeto de esa belleza y el que nos permite entrever lo que está sucediendo. En la Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI escribe:
«La verdadera belleza es el amor de Dios que se ha revelado definitiva- mente en el Misterio pascual. La belleza de la liturgia es un asomarse del Cielo sobre la tierra».
Y aquí llega, por fin, la música. Porque en lo que Dios revela al hombre, al traducirse en palabras humanas, hay una parte indecible que sólo se puede pronunciar y entender con el canto. No hace mucho, con ocasión de un concierto, decía el Papa:
[Estos sonidos] «me han hecho olvidar la cotidianidad y me han transpor- tado al mundo de la música que para Beethoven significaba “una revelación más alta que cualquier sabiduría y filosofía”. La música, de hecho, tiene la capacidad de remitir, más allá de sí misma, al Creador de toda armonía, sus- citando en nosotros resonancias que nos ayudan a sintonizar con la belleza y la verdad de Dios, es decir, con la realidad que ninguna sabiduría humana y ninguna filosofía podrán expresar jamás».

b) La música de la fe
Se trata de entender cómo se entrelazan los elementos anteriores.
El criterio fundamental de la música litúrgica no es el gusto personal. Tampoco lo es, en sentido estricto, cuánto contribuya una música concreta a facilitar la devoción. La comparación, aunque no es directa, es clara: las lecturas de la Misa no deben sustituirse por ningún libro de espiritualidad, por mucho que éste invite a la oración. La oración con el libro de espiritualidad tendrá su contexto, como cada música tiene el suyo.
El criterio se encuentra en la dinámica de la Encarnación del Verbo. Se trata de un movimiento en dos fases:
1. El Hijo de Dios se ha encarnado. El Verbo, la Palabra, se ha materializado. Así se ha acercado hasta nuestra realidad, hasta nuestros sentidos. Así ha inaugurado el ser hombre en Dios. En esa línea discurre la realidad de los sacramentos.
2. La muerte, la resurrección y la ascensión al cielo de Cristo pueden considerarse como una consecutiva espiritualización. Ir al encuentro de Cristo resucitado en la liturgia es una espiritualización. Pero debe entenderse bien, porque Cristo no ha abandonado el cuerpo. Por eso, es una espiritualización de la carne. En nuestra realidad corporal, el Verbo nos purifica, nos asume y nos hace hijos de Dios: nos hace conformes al Logos.
Este doble movimiento se da en la música litúrgica. Por una parte, los sacramentos quedarían sin su lugar propio si no se dieran en una liturgia que siguiera la expansión del Verbo en la dimensión corpórea y en la esfera de nuestros sentidos. De aquí deriva la necesidad de acudir a las esferas más profundas del comprender y del responder que se abren en la música. El Verbo, la Palabra, se hace música de la fe como encarnación. La madera y el metal se hacen sonar: materiales que, sin conciencia ni libertad, se usan para producir un sonido ordenado, lleno de significado. Hay que ir – dice el Papa – a descubrir el canto que reposa en el fondo de las cosas y traducirlo en música de la fe.
Pero ese hacerse música de la fe es ya, en sí mismo, la segunda parte del movimiento, espiritualización de la carne. El Papa lo explica en términos de integración. La música adecuada debe integrar los sentidos en la intimidad del espíritu. Y aún más, esa integra- ción no se encuentra ya en el mismo hombre, sino en el movimiento que lo lleva más allá, hacia la intimidad del Verbo. Se llega, por fin, a descubrir cuál es el lugar y el papel de la música litúrgica:
«Libera la vía hacia el corazón, hacia lo íntimo de nuestro ser, allí donde entramos en contacto directo con el ser del Creador y del Redentor. Donde se verifica esto, la música se hace camino que conduce a Jesús; el camino por el cual Dios muestra su salvación».
En el contexto sacramental, la música es un código superior a las palabras y la mera razón. La música litúrgica abre a una mayor intimidad con Dios, amplía el vocabulario en la unión con el sacrificio de Cristo. Con ella, el corazón del hombre se capacita mejor para nutrirse de los sentimientos del Corazón de Cristo y, llevando consigo la creación, dejarse introducir en el diálogo de la Trinidad. ¿Qué mejor que lo bello para hablar de la belleza del amor de Cristo en la Cruz? ¿Quién mejor que el Espíritu Santo para conformar lo bello de modo que hable verdaderamente de Cristo?
Criterios prácticos para la música litúrgica
La liturgia no es un happening de bella factura. La liturgia es una fiesta porque la Redención obrada por Cristo ha dado una respuesta real a la muerte. Una vez que se ha entendido esto, y que no se trata de resolverla a base de hábil psicología o de aficionados voluntariosos, sino que lo importante es el Misterio, principalmente la acción de Dios y la consiguiente respuesta del hombre, sólo entonces se puede hablar de conclusiones prácticas.
La música litúrgica debe servir a un mensaje que se realiza en el diálogo íntimo – propio de la liturgia – que, en presencia de la gracia, se da entre Dios y el hombre. Si la liturgia terrena se realiza en unión de la celeste, la misma música debe adecuarse a las circunstancias. La liturgia no se hace, sino que se acoge; y la música, igual. En cuanto fiesta, la liturgia se viste de esplendor y exige el poder transfigurante del arte. Es más, el verdadero lugar de nacimiento del arte es la liturgia. Cuando el arte se subordina a las leyes del mercado – como ocurre con la música pop –, es anulado en cuanto arte.
Es claro, por tanto, que no toda música sirve. Una música que se propone como litúrgica debe ser purificada, como el corazón del hombre. La música adecuada debe ser dócil y remitir al contacto con Cristo, a la integración del hombre hacia lo alto. El salmo dice: «psallite sapienter». En ocasiones se traduce por cantar bien. Pero entonces, ¿qué significa esa referencia a la sabiduría (sapienter) en el canto? El Papa lo explica por la afinidad que existe entre sabiduría y música. En ambas, el hombre se involucra por entero, con todas las dimensiones de su ser. Dios nos interpela en la totalidad de nuestro ser y la expresión musical es parte de la auténtica respuesta humana. Así, el cantar bien ha entrado en la conciencia de la Iglesia – explica el Papa – como la exigencia en el nivel artístico para adorar a Dios. Los modos de expresión abiertos por la música son necesarios para nuestra respuesta.
Ante esta tarea, ¿cómo es posible llegar a una música litúrgica adecuada? Una comparación elemental: si dentro de una cultura no es admitido presentarse en sociedad con un traje manchado, tanto menos se admitirá que el sacerdote salga a celebrar la Misa con una mancha en el alba. Hasta aquí no hay duda. Y, sin embargo, la música, que es liturgia, ¿por qué debe admitirse siendo defectuosa? ¿Una actitud así no equivale a restringir a priori las posibilidades que Dios ofrece para unirse a Él, precisamente en la convergencia entre la correspondencia y la gracia?
La tradución a términos más inmediatos es múltiple y merece capítulo aparte. Pero se puede incoar algún ejemplo. Supongamos conocido el Magisterio sobre la música litúrgica y estimados los argumentos teológicos precedentes. ¿Qué decir del compositor y del oyente? El compositor de música litúrgica debe ser capaz de asumir la responsabilidad del inefable que puede llevar consigo la música. Las grandes composiciones litúrgicas son una exégesis del Misterio revelado. El punto de comparación que propone Ratzinger es la construcción del santuario en Israel: Dios comunicó a Moisés la forma que debía tener y los artistas trabajaron para reproducir la voluntad divina. La creatividad es participación en la creatividad de Dios. La implicación es doble. Por una parte, el compositor debe ponerse en situación de oír las indicaciones de Dios. Para ello, cuenta con una ayuda insustituible: la música sacra nace como un don del Espíritu Santo. En segundo lugar, el compositor debe ser experto. Sin oficio, no es posible escuchar fielmente un mensaje y tanto menos transmitirlo.
Por lo que se refiere al oyente, es ya fácil entender la grandeza del tesoro que ofrece la música litúrgica, y por tanto, cómo debe ser recibida, e incluso cómo debe entenderse la participación activa en la liturgia desde el punto de vista de la música. Pero estos puntos se pueden desarrollar en otra ocasión.
Música litúrgica no significa música aburrida o sencillamente fea. 

Música litúrgica no puede significar música banal o de fuego de campamento. Tampoco puede significar música propia de círculos exclusivos de eruditos. Hoy faltan modelos. El Papa ha pro- puesto vías para tratar de encontrarlos. Actualmente se está trabajando. Son necesarias un poco de paciencia, un poco de confianza y mucha oración.

domingo, 20 de mayo de 2012

RITO DE ORDENACION PARA VARIOS DIÁCONOS


Recibe el Evangelio de Cristo

del cual eres mensajero.

Cree lo que lees,

enseña lo que crees,

y practica lo que enseñas



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Esta entrada contiene el rito de ordenación para varios diáconos,
según el PONTIFICAL ROMANO (última edición)
con partituras para el rito, espero les sea de utilidad,
a la brevedad continuare con las hojas dominicales completando las que faltan.
Con mi bendición. Pbro. Mariano Pablo Vaccaro

jueves, 26 de abril de 2012

IV DOMINGO DE PASCUA - B

Domingo del Buen Pastor


Antífona de comunión    

Resucitó el buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas

y se entregó a la muerte por su rebaño. Aleluia.


sábado, 14 de abril de 2012

III DOMINGO DE PASCUA - B


Antífona de entrada     Cf. Sal 65, 1-2

Aclame al Señor toda la tierra.

Canten la gloria de su nombre. Aleluia.





ORACIÓN COLECTA

D
ios nuestro,

que tu pueblo se alegre siempre por la nueva vida recibida,

para que, con el gozo de los hijos,

aguarde con firme esperanza el día de la resurrección final.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,

y es Dios, por los siglos de los siglos. Amen